En mis primeras escrituras, nombre a mi madre, algo así como una pequeña quintrala que odia a todos y vive sumergida en su locura, el mal de Diógenes es su único diagnostico claro, paso los años de su vida odiando con tanto tesón que esta se convirtió en su principal meta en la vida, cuando logro lo que quiso ganar judicialmente su venganza, cayo en la demencia senil con los años todo se transformo en nada, su hogar destruido por su odio se transformo en la pocilga que hoy esta abandonada en un barrio de poetas, la ley es clara uno tiene derechos y deberes cuando se vulneran los derechos de una niña y ella no tiene quien la defienda obviamente pierde sus derechos pero las obligaciones quedan, aquí estoy con un ser humano sin memoria, con los recuerdos preciados de odio permanente a todos quienes alguna ves sintieron un poco de cariño, con un diagnostico de acuerdo a su vida, sin más que atenderla y servirla como la mejor de las madres, ella en su inconsciente sabe que no es normal este trato y espera a diario el minuto exacto en el cual se le devolverá todo el daño que hizo, a toda su familia, a su único hombre y a su única hija, la familia ese concepto que entendemos todo como lo mas importante en nuestras vidas ella lo detesta, detesta todo contacto cercano con algo parecido al amor, al cariño, a la suave caricia de un nieto, detesta saber que es parte de una familia y clama por su libertad, esa libertad en la que no tiene que amar a nadie, en la que ella y solo ella importa.
Esta vida me enseña que la justicia no existe, que uno no paga el daño que hace en vida, que es mejor vivir en la selva, con la ley del mas fuerte, que la gente nunca cambia, no existe el perdón ni el arrepentimiento, no existe la historia con el final feliz, y que la realidad supera la ficción.